«Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
Fragmento este de una narración literaria que no requiere presentación; los pasajes plasmados en esta historia han sido recreados por casi todas las almas del continente americano y supongo que de muchos otros lugares allende el mar. ¿Qué tiene Macondo que lo envuelve todo en un aire universal? Todos lo saben y todos lo desconocen pues como siempre, eso depende del bagaje que subyace a las gafas que le miren y encuentren sentido en alguna frase de las muchas que dan vida a los Buendía. Justamente, esta lectora y aficionada por la historia, también ha encontrado en Macondo un veta de la cual tomar material que, con la dosis de inspiración perfecta, le otorga sentido a una investigación académica que está a punto de emprender.
La descripción que arriba leyeron -esa que ubica el origen de Macondo como una aldea de veinte casas de barro y cañabrava- utiliza los elementos del entorno para situar el asentamiento donde tantas historias tendrían lugar. Dichos elementos, aunque matizados por el color de la ficción, no dejan de ser referentes de la naturaleza, tan reales como ella misma; el río, el agua avanzando en picada o las piedras enormes. Para que el lector logre imaginar el escenario, García Márquez describe, orienta, sitúa en el «otro» el espacio mediante una recreación literaria.
La identificación y posterior apropiación del espacio es tan importante como el espacio mismo. Amarrada a esa idea, he logrado pensar con arriesgada similitud lo sucedido en Macondo con aquella hazaña emprendida -aún no sé si lograda- por diversos grupos de hombres durante la primera mitad del siglo XIX que, aspirando la formación de una nueva nación, se dieron a la tarea de medir el territorio de su patria, tal vez estudiándolo o recorriéndolo con el afán de convertir ese ideal en una realidad. Tal realidad sería una representación, es decir, la resignificación de una idea con otra o por otra. Así, ciertos grupos dieron génesis a una idea de nación a través de elementos muy concretos, como fueron los mapas, la estadística y sobre todo la aspiración utilitaria de servir al Estado.
De esta forma, igual que en Macondo, los ilustrados decimonónicos tuvieron que «nombrar» de nueva cuenta aquello que los rodeaba y que en muchas ocasiones desconocían, que carecía de nombre, o que al menos carecía de uno que sonara científico.
Así, este espacio estará dedicado a estudiar la formas en que algunos grupos de hombres en la primera mitad del siglo XIX, nombraron su entorno con la idea de conocer, pero conocer para controlar y así, gobernar. La estadística fue la nueva pluma con la que dieron nombre al mundo que deseaban construir y, observar cómo lo hicieron, será la tarea perseguida aquí.