«Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
Fragmento este de una narración literaria que no requiere presentación; los pasajes plasmados en esta historia han sido recreados por casi todas las almas del continente americano y supongo que de muchos otros lugares allende el mar. ¿Qué tiene Macondo que lo envuelve todo en un aire universal? Todos lo saben y todos lo desconocen pues como siempre, eso depende del bagaje que subyace a las gafas que le miren y encuentren sentido en alguna frase de las muchas que dan vida a los Buendía. Justamente, esta lectora y aficionada por la historia, también ha encontrado en Macondo un veta de la cual tomar material que, con la dosis de inspiración perfecta, le otorga sentido a una investigación académica que está a punto de emprender.
La descripción que arriba leyeron -esa que ubica el origen de Macondo como una aldea de veinte casas de barro y cañabrava- utiliza los elementos del entorno para situar el asentamiento donde tantas historias tendrían lugar. Dichos elementos, aunque matizados por el color de la ficción, no dejan de ser referentes de la naturaleza, tan reales como ella misma; el río, el agua avanzando en picada o las piedras enormes. Para que el lector logre imaginar el escenario, García Márquez describe, orienta, sitúa en el «otro» el espacio mediante una recreación literaria.
La identificación y posterior apropiación del espacio es tan importante como el espacio mismo. Amarrada a esa idea, he logrado pensar con arriesgada similitud lo sucedido en Macondo con aquella hazaña emprendida -aún no sé si lograda- por diversos grupos de hombres durante la primera mitad del siglo XIX que, aspirando la formación de una nueva nación, se dieron a la tarea de medir el territorio de su patria, tal vez estudiándolo o recorriéndolo con el afán de convertir ese ideal en una realidad. Tal realidad sería una representación, es decir, la resignificación de una idea con otra o por otra. Así, ciertos grupos dieron génesis a una idea de nación a través de elementos muy concretos, como fueron los mapas, la estadística y sobre todo la aspiración utilitaria de servir al Estado.
De esta forma, igual que en Macondo, los ilustrados decimonónicos tuvieron que «nombrar» de nueva cuenta aquello que los rodeaba y que en muchas ocasiones desconocían, que carecía de nombre, o que al menos carecía de uno que sonara científico.
Así, este espacio estará dedicado a estudiar la formas en que algunos grupos de hombres en la primera mitad del siglo XIX, nombraron su entorno con la idea de conocer, pero conocer para controlar y así, gobernar. La estadística fue la nueva pluma con la que dieron nombre al mundo que deseaban construir y, observar cómo lo hicieron, será la tarea perseguida aquí.
Una región dentro de otra…los espacios de estudio del primer Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística.
Tres son los estudios que se presentan en el primer número del Boletín, el primero cuya autoría corresponde a José Justo Gómez de la Cortina denominado “Población” propone nuevos cálculos de la población de la República mexicana[1]y, por ende, es necesario mencionarlo, pero no abona a delinear la región específica plasmada en los estudios de esta primera publicación científica.
El segundo artículo muestra las tablas con las medidas barométricas de los departamentos de México, Puebla, Veracruz y Oaxaca. Las médidas barómetricas pueden entenderse, en una explicación simplista, cómo representaciones en lenguaje númerico del peso que ejerce la atmósfera sobre la tierra. Aún cuando este tipo de mediciones pueden tener impactos diversos en la sociedad, existen dos cuestiones que me interesa resaltar de su utilidad en el contexto estudiado. Por un lado, autores como Patrick Antony,[2]arguyen que el dominio y control del medio físico también implica la cuestión de la verticalidad, así la altura constituye una variable geográfica importante para el conocimiento y caracterización del territorio que sin duda puede relacionarse con un proyecto político de nación configurado desde la región central del país. La verticalidad de un territorio se vinculaba en esta época con el tipo de plantas que podían desarrollarse a distintas alturas y por ello, su conocimiento se convertía en un asunto utilitario para lograr obtener la mayor productividad de la tierra. Por otro lado, las medidas barómetricas eran sustantivas en la proyección de nuevos caminos y también para el funcionamiento de las máquinas de vapor, pues si no se conocía la presión atmósferica en cada zona, las máquinas que utilizaban esta tecnología podian averiarse.[3]
Por otro lado, encuentro relevante la cuestión de los instrumentos que estos hombres usaban para tomar tales medidas, cómo lo hacían y quiénes se involucraban en su registro. Esto último creo que serviría para pensar que la “construcción” de una región no sólo se da a través de la caracterización de un determinado territorio, sino también a través de las prácticas situadas de medición de estos observadores desplazándose con sus instrumentos.
Finalmente, el tercer artículo se denomina “Resultado del reconocimiento hecho en el istmo de Tehuantepec de orden del supremo gobierno” escrito por Juan Orbegozo. Este artículo se guio por la geografía aplicada “en la que se hace un análisis de costo-beneficio y está implícito el problema de la planeación abordado por la economía política.”[4]La finalidad del artículo se devela en sus primeras páginas cuando refiere el encargo que desde el gobierno central le han hecho con la finalidad de develar la viabilidad de trazar un canal interoceánico a lo largo del Itsmo de Tehuantepec, a través de los departamentos de Veracruz y Oaxaca. Aunque Orbegozo no se decanta en forma contundente por la realización de la obra, lo que si hace es ofrecer información y datos a favor y en contra del emprendimiento de una empresa de tal magnitud, poniendo cómo elemento indispensable a considerar lo costoso de la misma, cuyos beneficios no alcanzarían a nivelar el gasto de inversión.
La zona no es salubre por lo que los posibles habitantes estarían expuestos a todo tipo de epidemias; el río Coatzacoalcos sólo es navegable en una pequeña porción, para la otra parte de la ruta recomienda un camino de ruedas, más adelante menciona un camino que podría construirse de hierro, según empieza a usarse en Europa, lo cual hace pensar que se estaba refiriendo a una vía férrea.[5]
Es evidente que las medidas barométricas tomadas en los departamentos de México, Puebla, Veracruz y Oaxaca tenían la función de brindar datos y la mayor cantidad de información sobre el espacio geográfico donde se proyectaba el canal que conectaría los océanos Atlántico y Pacífico. Sin bien durante el siglo XVII y XVIII se pueden encontrar los orígenes del pensamiento probabilístico, éste desembocaría a la postre en la creación de estadísticas y medidas de control sobre las sociedades decimonónicas, la lectura atenta de la reflexión histórica que ha realizado Leticia Mayer Celis sobre el tema,[6] permite entender cómo los hombres probos cuya formación los dotaba de elementos necesarios para tomar, antes panoramas de incertidumbre, las decisiones adecuadas, de allí que la palabra probabilidad este vinculada con estos personajes que emitían una opinión “probable”, es decir, eran juicios emitidos por una autoridad “proba”. Esta relación persistió en el tiempo y cuando la probabilidad vio nacer a la estadística el sentido utilitario de éstas últimas fue puntual, de su contenido y reflexión se sabríacómo proceder ante situaciones de incertidumbre. El reconocimiento y exploración geográfica y estadística recolectado y presentado en el primer número del Boletínno rompe la dinámica aludida y permite observar la relación de dichos hombres de ciencia cuya formación permitía ofrecer al Estado caminos probables que éste último podía tomar ante la incertidumbre de tomar una decisión, de iniciar o parar un proyecto, en fin, de conectar dos océanos.
Mapa 2. La región de estudio del primer Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística. Departamentos calculados y reconocidos, en Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, núm. 1, Mexico, Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1839.Istmo de Tehuantepec, Juan Orbegozo, 1825, 37 x 48 cm, Mapoteca Orozco y Berra. Este mapa aparece también en Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, núm. 1, Mexico, Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1839.
[1]La información que muestra en el artículo es de suma importancia primero porque propone una forma novedosa para calcular la población del país, pero, sobre todo, porque utiliza reflexiones emanadas del determinismo geográfico en boga durante la época para explicar cuestiones cómo la criminalidad en la sociedad mexicana. Un análisis de todos los elementos aquí presentes sin duda requeriría de un análisis particular.
[2]Patrick Anthony, “Mining as the Working World of Alexander von Humboldt’s Plant Geography and Vertical Cartography” en Isis, vol. 109, núm, 1, 2018.
[3]Leticia Mayer Celis, La tan buscada modernidad…op. cit.p. 39.
[5]Leticia Mayer Celis, La tan buscada modernidad científica…op. cit. p. 37.
[6]Leticia Mayer Celis, Rutas de incertidumbre. Ideas alternativas sobre la génesis de la probabilidad, siglos XVI y XVII, México, Fondo de Cultura Económica, 2015.
Mucho hemos hablado en este seminario de las posibilidades teóricas y metodológicas para construir una región con perspectiva histórica. Los autores que se han abocado en este tipo de trabajo y que fueron discutidos en las sesiones académicas aportaron desde el contenido de sus propias investigaciones elementos necesarios para hablar de ese ente que no existe a menos que se construya o se quiera ver y por ello mismo nos obligue a construir las gafas adecuadas que revelen su existencia. Escuchar otras preguntas, atender debates, cuestionar lo establecido y desarrollar una idea, un interés personal al nivel de la regionalización -es decir, a ver y querer ver la región en nuestros proyectos académicos- a plantear preguntas nuevas, generalmente no atendidas en las líneas de investigación en las que tenemos la voluntad de adscribirnos, así que la Historia regional -o mejor dicho este seminario- ha cumplido con tal objetivo que grande o pequeño seguro tendrá impacto en nuestra propia generación del conocimiento.
Dice Juan Pedro Viqueira[1]que el sentido de la historia regional no debe ser el rescate de los hechos pasados en un espacio geográficamente delimitado porque sí, es decir, desenterrar acontecimientos sólo porque éstos tuvieron lugar en algún punto del tiempo; inquiere por el contrario, que es el presente quien provee de dudas, de inquietudes que llevan a mirar el pasado, para que así se pueda revelar la historicidad del mundo que nos pertenece, que nos embebe con su propia complejidad y que nos alienta a comprender los pasos andados. Para él existen tres formas de acercarse a la región: entenderla como una historia total, entenderla como un laboratorio o, desde la visión que el mismo abandera, observarla como un espacio intrahistórico.[2]De ellas considero importante rescatar aquella que denomina “el mal camino”, puesto que, si bien sus propuestas “positivas” me parecen interesantes, en su reflexión encuentro central el rumbo por el que la historia regional no debe avanzar. El mal camino es aquel que separa en vez de unir, que divide y jerarquiza, emite juicios y lleva a pensar que la visión de algunos sobre lo bueno o malo puede y debe imponerse sobre los otros.
Digamos que entre el mar de contenido e ideas en torno a si existe o no, o cómo debe ser la Historia regional, me permito sumar a esta visión que rechaza cualquier postura que, desde el “mal camino”, utiliza la historia para segregar en vez de interpretar y explicar. ¿De qué sirve una historia que utilice el pasado de un espacio para concretar afrentas en vez de enmiendas? Aunque hoy no le damos ese uso social al conocimiento, en contextos pasados tuvieron prácticas distintas en torno a cómo utilizar tales recursos en aras de lograr objetivos concretos como implementar transformaciones sociales y políticas. Justamente durante el siglo XIX diversos hombres de ciencia estuvieron interesados en utilizar un mismo lenguaje racional y científico para determinar cuáles características físicas y sociales de un espacio -una vez registradas- debían permanecer y cuáles debían ser modificadas para lograr la proyección de ciertos ideales sobre México.
En esta búsqueda y creación de la región para mi investigación, no ha sido posible profundizar en alguna de estas perspectivas a través de la cual pueda medir y entender un espacio a partir de una historia total o, como muestra de laboratorio que ayude a explicar lo general a partir de lo particular -aunque ello no impide dejar la proyección en el futuro- pero sin duda el conjunto de planteamientos me fueron llevando por un camino complejo, abigarrado pero cuyo final, dibujó una región del pasado que existió en la mente de algunos hombres de ciencia. La región que aquí muestro se conforma de dos partes, por un lado, la construida por lazos institucionales de los miembros que conformaron el Instituto Nacional de Geografía y Estadística en 1839 y, en una segunda parte, lo que intento regionalizar son los propios espacios que para ellos fueron territorios centrales en sus investigaciones, es decir, represento aquí los territorios que fueron prioritarios a la hora de medir y resignificar desde el lenguaje estadístico. Esta es una doble mirada que permite ubicarlos, georeferenciarlos en una nación que hoy entendemos conformada por una cantidad específica de estados federados que conforman a México y con ello, observar donde se localizaba -al menos institucionalmente- una red de hombres con un interés en común: el conocimiento estadístico. Por otro lado, la segunda representación cartográfica se ha delineado casi por sí sola cuando me he puesto en el lugar de los integrantes de dicho instituto, al intentar descifrar su perspectiva -en el intento más antropológico que un historiador puede iniciar- para entender cómo veían el espacio sobre el cual proyectaron su idea de nación.
Lo anterior se logró a través de la observación del primer número del Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, publicado en 1839. De este estudio fue posible rescatar las zonas que interesaba proyectar ante los ojos no sólo de “los otros” nacionales, sino también de los extranjeros. Al preguntarme por qué estos hombres estudiaron ciertos espacios y no otros, algunas aseveraciones y conexiones resultaron reveladoras y me ayudaron a traducir las ideas sobre la nación en la funcionalidad de las políticas implementadas por los gobiernos decimonónicos, pero, fundamentalmente, este ejercicio evidenció la centralidad de la nación al concentrar la actividad política en la ciudad principal del país, de la misma manera que sus intereses estadísticos. Con esto no quiero decir que a lo largo de las publicaciones la región de estudio fuera la misma, pero sin duda, la trascendencia de que apareciera en la primera publicación no puede pasar desapercibida.
Los miembros del Instituto Nacional de Geografía y Estadística
El 26 de octubre de 1838 en la casa de José Gómez de la Cortina, se celebró – en presencia del ministro del interior-[3]la reunión donde se impartió la primera cátedra de estadística que reunió a los integrantes del ya mencionado instituto. Como se puede observar abajo, la mayoría de los integrantes de esta institución se encontraban en la Ciudad de México mientras que sólo algunos cuantos podían ubicarse al interior de la República Mexicana. Estos datos revelan el alcance de las redes que aglutinaban a los hombres de ciencia en el país y en consecuencia, permite la visualización de los vínculos con los grupos de poder a nivel local.
Ignacio Álcocer, Domingo Lazo de la Vega, Ramón Corral así como Manuel y Luis Robles son los representantes del Instituto vinculados a Guanajuato. Luis Berlandier se encuentra vinculado a Matamoros al igual que Rafael Chovell y Constantino Charnava. Mariano Cal y Carlos García aparecen como socios de Puebla. Manuel Carvajal funge como representante de Yucatán y José María Castelazo se vincula con Mineral del Monte. Si bien esta investigación tiene por objeto trazar las trayectorias de cada uno de estos integrantes, por el momento es posible mencionar solo algunos datos que permiten contextualizarlos de mejor manera. Por ejemplo, Carvajal fue gobernador del estado de Yucatán durante un breve período de tiempo cuando sustituyó a su hermano quien abandonó el cargo. Caztelazo es descendiente de una familia italiana que arribó a la entonces Nueva España y se dividió para establecerse en Guanajuato y Mineral del Monte. Berlandier y Chovell participaron en la Comisión de Límites que puso el gobierno de la República bajo la dirección de Manuel Mier y Terán.
Algunos datos llaman la atención cuando se analizan los hombres contenidos en la minuta firmada en la fecha arriba expuesta, por ejemplo, que personajes como Lucas Alamán y Juan Nepomuceno Almonte no aparecen como socios fundadores y que en cambio si lo fueran Humboldt y Dominique Arago.
Tabla 1. Miembros del Instituto Nacional de Geografía y Estadística 1838. Elaboración propia. Los nombres en negritas distinguen a los miembros fundadores.Mapa 1. Ubicación de los individuos que componen el Instituto Nacional de geografía y Estadística en 1838, publicado en el Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, núm. 1, Mexico, Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1839.
[1]Juan Pedro Viqueira, “Tres senderos y un mal camino” en Secuencia, núm. 25, 1993, p. 123.
[2]Ibidem., por supuesto en este trabajo el autor profundiza sobre las maneras dichos caminos de entender la historia regional y que merece la vena revisar con calma en búsqueda de claridad, autores y obras que brindan luz sobre el camino a elegir.
[3]Quien se comprometió entonces a brindar apoyo al instituto, aunque tal cuestión aún no se encuentra corroborada.
Las líneas de investigación a través de las cuales se puede abordar un estudio histórico de la estadística pueden ser múltiples, determinadas como siempre por la mirada que el historiador elija sobre las mismas. Desde que comencé a interesarme por los estudios del pasado, he tenido la sensación de que la Historia siempre ganará batallas no por el flanco de la verdad, sino por el de la narrativa. A mi ver, lo que se observa importa, pero no tanto como la manera de hacerlo. Ocurre algo similar con «lo narrado», que si bien será lo central de una historia, la forma de construir el relato, los elementos del mismo, el orden, el énfasis en tal o cual fragmento o el papel de los actores sociales (personajes?) será sustantivo para tejer el discurso histórico. Construir una narrativa que tenga la mezcla justa de pasado, verosimilitud e imaginación es donde se encuentra la verdadera esencia de una buena historia.
Por ello, el punto de inicio de esta investigación comienza al pensar las estadísticas como narrativas textuales y visuales -el uso de tablas y/o gráficas- utilizadas para describir e ilustrar las características distintivas de los distintos espacios geográficos que representaron y que al sumarlos y describirlos uno a uno, fueron conformando las especificidades de la nación. A tono con Nancy P. Appelbaum,[1]pensar esta mezcla de narrativas, imágenes y cartografía contenidas en una “estadística” es el punto de inicio para adentrarnos en la construcción de lo que François Xavier Guerra ha denominado las identidades políticas y culturales implicadas en los primeros proyectos republicanos de América.
Dicho esto, es necesario precisar que la comprensión de las estadísticas será entonces la de un discurso social. Según esta forma de análisis sobre la producción estadística, éstas constituyen una forma discursiva sobre el funcionamiento de lo social que produce textos “[Las estadísticas como texto son] un todo significativo que cumple con los criterios de la textualidad; cohesión, coherencia, intencionalidad, aceptabilidad, normatividad, situacionalidad e intertextualidad.”[2]De ahí que esta investigación se aleje de las concepciones estadísticas como un “fiel de la realidad”, por el contrario, se entiende que estas forman parte de un discurso científico más amplio y que el modelo utilizado en cada caso, es una muestra de un lenguaje conceptual inserto en un medio y contexto histórico específico, con anclajes particulares sobre el criterio de selección y la creación de un modelo, es decir, de un tipo de observación más amplio. Hernán Otero lo sintetiza de la siguiente manera:
«Este cambio de perspectiva permite comprender, por un lado, el conocido hecho de que las estadísticas son imágenes de síntesis que no representan situaciones individuales sino abstracciones de dichas situaciones y, por otro, contribuye a relativizar cualquier distinción tajante entre medida e interpretación, ya que toda medida de lo social es en sí misma un principio de intelección de la realidad que afecta la representación del objeto medido.»[3]
La discusión anterior será relacionada con la reflexión de Florencia Mallón que vincula esta concepción del discurso como el producto de un continuo proceso de interacción cultural, política e ideológica.[4]Dice la autora que al articularse entre sí en un discurso, las ideas, conceptos o percepciones se transforman en elementos, ya sea enfatizando sus puntos en común o líneas de similitud o al utilizar sus diferencias para construir límites de antagonismo. Cuando dos elementos están unidos en un campo discursivo por un énfasis en sus similitudes, o divididos por una frontera discursiva que se enfoca en sus diferencias, la identidad de los elementos cambia a través de la práctica de la articulación.
Así, en el caso del nacionalismo, tiene sentido concentrarnos no sólo en los principales elementos discursivos del producto final, sino también en los procesos de construcción en sí. A través de procesos continuos de articulación, los discursos nacionalistas se van componiendo de elementos ya existentes y otros de formación reciente. Al entretejer estos elementos a lo largo de nuevas líneas de equivalencia y antagonismo, los actores sociales e históricos transforman el significado tanto de lo viejo como de lo nuevo.
Estos elementos permitirán comprender de que manera el proceso de construcción de la nación contiene elementos importantes no en los resultados implantados a través de un proyecto político, sino que justamente, es en el trascurso de su conformación donde se observa en qué modo estas diferencias y similitudes se fueron modificando para constituir después un resultado especifico como puede ser la implantación de un gobierno federalista o centralista. Es en el proceso donde se encuentra la conformación de las identidades nacionales, no exclusivamente en los resultados.
[1]Nancy P. Applebaum, Dibujar la Nación. La Comisión Corográfica en la Colombia del siglo XIX, Colombia, Universidad de los Andes/Fondo de Cultura Económica, 2017.
[2]Hernán Otero, Estadística y Nación, Argentina, Prometeo, 2006, p. 36.
[4]Florencia Mallón, “Nacionalismos alternativos y discursos hegemónicos. Visiones campesinas de la nación” en Campesino y Nación. La construcción de México y Perú postcoloniales, Zamora Michoacán, CIESAS/El Colegio de San Luis/El Colegio de Michoacán, 2003.
Como ya se ha comentado anteriormente, el Instituto Nacional de Geografía y Estadística se fundó el 18 de abril de 1833 cuando Valentín Gómez Farías llevaba las riendas de la nación. Esta institución dio paso a la creación de la Comisión de Estadística Militar en 1839 y posteriormente en 1850 se creo la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Sin bien es cierto que sobre esta última etapa institucional se ha escrito profusamente desde la perspectiva histórica y geográfica -aunque considero que con mayor amplitud desde la segunda-[1], la bibliografía sobre el Instituto, y más específicamente, la historiografía sobre el tema no es similar en abundancia y profundidad[2]a la dedicada a la Sociedad.
Pese a lo anterior, las investigaciones que han volcado la mirada sobre el Instituto, lo hacen para referir un segundo hecho relevante, la creación del Boletín. Órgano informativo de la institución que se ha convertido en el referente por excelencia puesto que marca el inicio de las publicaciones científicas en nuestro país. Las características de la publicación la enfilan como la cuarta en el mundo y como pionera en América por ser además la cara al público de la Sociedad científica más influyente de la mayor parte del siglo XIX.
En muchos sentidos la creación del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, así como la publicación de su Boletín, significaron un parte aguas en la discusión científica del México decimonónico. Además, pensamos que esta revista representa la primera edición de una publicación de corte científico, en el sentido que le damos hoy en día, que se imprimió en México…Sin embargo, el valor de esta publicación rebasa la simple curiosidad anecdótica de encontrar los orígenes de nuestras revistas científicas, lo realmente interesante es que marca un cambio en la forma de analizar a la población e incluso de imaginar al país a través de una mirada científica: la estadística.[3]
Si bien el contexto político que circunda en este momento histórico -tanto la creación de la institución cómo la publicación del boletín- es complejo y abigarrado de formas de entender y proyectar una nueva nación, se logró la confluencia intelectual y política para atender el desarrollo económico del territorio. Las investigaciones que se han detenido a estudiar el boletín han mirado con poca atención a los integrantes y fundadores de esta asociación cediendo el lugar central al artículo denominado Población, cuya autoría remite a José Justo Gómez de la Cortina, quien fue el presidente de dicha institución al momento de su creación.
Se vuelve trascendental los planteamientos contenidos en este artículo pues en él se pone en evidencia las aspiraciones que se van articulando entre la praxis y las ideas que, en términos de Kosseleck, se diría es posible abstraer de su estudio la evidencia de un espacio de experiencia y un horizonte de expectativa, puesto que lo acontecido con y desde esta comunidad científica decimonónica en el espacio de experiencia estaba entreverado constantemente con su horizonte de expectativa[4]en su anhelo de construcción de la nación. Pese a ello, existen otros elementos de análisis en cada una de las entregas del boletín que abren la discusión acerca de las comunidades científicas hacia otros panoramas. ¿Quiénes las componían? ¿Existía una identidad social cómo comunidad? ¿Existían vínculos o redes de poder con las autoridades gubernamentales? Etcétera.
Un primero acercamiento o intento de respuesta debe comenzar por un estudio de los personajes que las componen, pero eso se verá en la próxima entrega de Macondo.
[1]En una entrada anterior “Introspección bibliográfica al mundo de la estadística” se encuentra una revisión bibliográfica que, si bien no es exhaustiva, permite observar cómo los estudiosos de la Geografía en nuestro país y en otros puntos de América Latina se han avocado al análisis de las sociedades científicas, especialmente por los levantamientos topográficos resultado de muchas expediciones orientadas con esta visión para re-conocer el espacio.
[2]Por supuesto que la información al respecto existe, pero a reservar de las investigaciones realizadas por Leticia Mayer Celis las miradas que circulan sobre el tema refieren al Instituto en tanto antecedente de la hoy Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, pero no existe un estudio que de manera exhaustiva revise el contexto de su producción, a sus integrantes o los vínculos entre política y ciencia que estos pudieron conformar. Leticia Mayer Celis, Entre el infierno de una realidad y el cielo de un imaginario. Estadística y comunidad científica en el México de la primera mitad del siglo XIX, México, El Colegio de México, 1999, 188 pp. y La tan buscada modernidad científica. Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística de 1839, México, Instituto de Investigaciones en Matemáticas y en Sistemas/Universidad Nacional Autónoma de México, 2003, 48 pp.
[3]Leticia Meyer, La tan buscada modernidad…op. cit. pp. 14-15.
Sin duda la lectura de la obra de Luis González Pueblo en Vilo suscita en el lector cualquier cantidad de imágenes sobre los sucesos que describe, las personas que los ejecutan y sobre todo los paisajes que sirven como escenario para que aquellas historias tomen su curso. Sin duda todo ello cautiva al lector obligándole a pensar en las mil y un vicisitudes que el desarrollo de aquel tiempo josefino acometía en sus habitantes, siendo uno de los ejemplos más claro el que protagoniza Don Gregorio González Pulido al aventurarse cada mes al viaje comercial hacia la capital con los famosísimos quesos que caracterizan la producción lechera esa zona del estado de Michoacán.
Cuando ese pasaje llego a mi mente me fue imposible no pensar en las miles de historias que le he escuchado a mi madre a lo largo de la vida, contando cómo había nacido en un rancho de cuatro casas conocido como «Las Calabazas», cerca de los límites entre Michoacán y Jalisco. La historia tiene relación fundamentalmente por los viajes que hacía mi abuelo, Eligio Mendoza Mendoza, por allá en la década de 1960, cuando mi madre tenía unos diez años de edad. El abuelo mendoza era un ranchero menor pero muy respetado y querido por todos a su alrededor, en especial por lo honesto de su trabajo y negocios. Cuenta mi madre que el abuelo se alistaba un equipo de viaje conformado por unas diez mulas y caballos que se encargarían de realizar con él la travesía por el campo con rumbo a su capital, Cotija de La Paz.
Curiosamente, al igual que Don Gregorio, mi abuelo también llevaba a los costados de las mulas las piezas de queso que mi madre y sus hermanas habían ayudado a preparar meses atrás. La parafernalia de aquel viaje consistía en forrar las piezas con pasto o breña y luego envolverlas en costales para que sufrieran el menor daño posible durante el recorrido en el lomo de los animales de carga. Además de las piezas de queso, este viaje comercial también incluía costales de maíz y alguna que otra curiosidad que del campo hubiese brotado según la época del año que corriera.
Me cuenta mi madre que este viaje el abuelo lo recorría aproximadamente en ocho horas a lomo de caballo hasta llegar a la comunidad cotijense. Allí esperaba una noche o dos hasta colocar todas las piezas de queso al mejor precio posible -que según los recuerdos de mi mamá esto serían unos dos pesos con cincuenta centavos por kilo de queso-. Así, podía regresar a la ranchería de Calabazas donde lo esperaban una esposa y los nueve hijos que ya formaban su familia -aunque después aumentarían algunos hasta tocar el número trece-. A veces acompañaban al abuelo los hijos varones mayores, aunque casi siempre emprendía el viaje sólo para mejor regresar acompañado de algún que otro viajero al que hospedaban durante algunas horas o incluso una noche antes de que este prosiguiera su viaje. Mi mamá realizó esta travesía en muchas ocasiones pero no adscrita a «la ruta quesera» del abuelo, sino a regañadientes para asistir a la escuela de primeras letras que se ofertaba en Cotija durante un par de meses al año.
Me he dado a la tarea de buscar algunos de las rancherías que en su paso a la capital, el abuelo Mendoza y sus hijos cruzaban como parte del viaje. Pienso sin duda que la región creada por mi madre a base de recuerdos, da pistas y mucha luz sobre el paisaje en aquella época, en especial para tomar en cuenta los elementos que componían el camino donde se iban deteniendo a beber agua o tomar algún alimento. Esas rancherías formaban una vía de comunicación importante en la región, al menos desde un punto de vista comercial. Aunque no he podido localizar un par de rancherías -ya que la ubicación resultó mucho más compleja de lo que pensé- cuando terminé de trazar la ruta en el mapa la visualización de este viaje me permitió entender con mayor minucia los detalles que a veces se desbordan en las historias de mi madre y sus hermanos; pude casi sentir, aunque fuese a través del relieve de un mapa, las veredas, caminos y bordes de cerros y montañas que alimentaban el espíritu de aquella gran familia que hasta el día de hoy, sigue siendo la historia favorita para recordar, entre hermanos, como y cuando fueron los hijos de Eligio Mendoza.
Decir que la primera mitad del siglo XIX mexicano es una etapa convulsa y de enfrentamientos tanto armados coma ideológicos es una reflexión donde pueden caber muchos adjetivos excepto el de la novedad. La etapa que siguió a la Guerra de Independencia está enmarcada fundamentalmente por el choque entre distintos grupos que buscaban instaurar un proyecto de nación.
Si bien la historia política y las historia de las ideas ha estudiado a profundidad los debates, posturas y aspiraciones de la élite política,aún quedan muchas vetas por explorar de cuyo estudio se podría abonar a la comprensión de estos grupos, especialmente para matizar sus perfiles políticos e ideológicos y con ello tomar una ruta alternativa a la que explica esta etapa histórica como la pugna entre «conservadores» y «liberales».
Justamente ese recorrido cronológico y por ende también histórico que transita de la vida colonial al Primer Imperio mexicano, luego a la primera República Federal y posteriormente al período de los gobiernos centralistas es caracterizado por un variopinto acontecer histórico donde las fronteras y límites entre las distintas facciones y grupos no es del todo clara. En ese contexto al que habría sumar distintos problemas que enfrentaba la joven nación como el reconocimiento y legitimación de las potencias extranjeras, una hacienda en ruinas y una deuda pública que rebasaba los recursos financieros para echar a andar un proyecto gubernamental se encuentra la insistencia de las autoridades por conocer el territorio y la población que lo habitaba, por supuesto con el fin de lograr un mayor control sobre los recursos que brindaba el suelo mexicano.
La estadística como disciplina se encuentra estrechamente ligada con la creación y desarrollo de los Estados nacionales. Aunque es posible rastrear hasta las civilizaciones madres ciertas prácticas de registro, sin duda los progresos más notables se lograron durante el siglo XIX. La maduración profesional que es posible encontrar en este periodo dio continuidad al pensamiento ilustrado y se puso a disposición del Estado para afianzar su conocimiento del territorio así como para mejorar la toma de decisiones gubernamentales.
Lo anterior no paró en ideas y aspiraciones sobre el conocimiento del territorio a gobernar, sino que tal aspiración se vio materializada en la creación del Instituto Mexicano de Geografía y Estadística que tendría entre sus principales objetivos dar solución a los problemas de conocimiento tanto geográficos como poblacional. En seguida se muestran algunos de los datos más relevantes que permiten entender la relevancia, impacto y trascendencia histórica de lo que años después se convertiría en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE) fue fundada en el 18 de Abril de 1833, durante el gobierno de Valentín Gómez Farías.
El ciudadano José Justo Gómez de la Cortina fue el presidente fundador de la asociación y primer editor del Boletín. Antonio García Cubas y Francisco Díaz Covarrubias, son algunos de los miembros que permitieron la sobrevivencia de la asociación.
Se tuvieron dos objetivos principales: – Construir la Carta de la República y levantar la estadística nacional para la consolidación del país como nación independiente. – Analizar los principales problemas del país y, con ello, presentar ante las autoridades correspondientes, las alternativas para su solución.
Sus orígenes se dieron en tres etapas durante el siglo XIX: – Primero surgió como Instituto Nacional de Geografía y Estadística (1833-1839). – Posteriormente se transformó en Comisión de Estadística Militar (1839- 1849). – Y por último, cambió su nombre por el de Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1850).
Es complicado para mí rememorar el lugar donde nací y pasé los primeros años de vida; la razón principal es por la lejanía en el tiempo de tales sucesos pero, sobre todo, porque esa dificultad para recordar se vuelve análoga con la lejanía espacial donde mi niñez tuvo lugar. Una de las colonias más alejadas del centro de Los Reyes fue el lugar que mis padres eligieron -y pudieron costear- para construir, con la ayuda de mis tres hermanos mayores, la casa donde la familia Mora iría creciendo hasta recibirme a mí, la séptima y última hija de Olivia y Porfirio.
Mi papá fue toda su vida agricultor, por ello, sus conocimientos arquitectónicos y de diseño del espacio se redujeron a trazar en un lote que por entonces me parecía infinitamente largo una serie de cuartos contiguos cuyo acceso se lograba a través de un pasillo más o menos ancho -o al menos lo suficiente para que yo jugara carreras con una bicicleta roja a la que nunca le quité las ruedas de apoyo-. Con el tiempo esos espacios adquirieron un sentido particular vinculado a las actividades que mi madre destinó para ellos, basándose en una regla de oro: lo que se podía y no se podía hacer en su interior.
Al entrar a casa se encontraba el lugar al que era desterrada con dos gritos cuando tenía demasiado cansada a mi mamá, la cochera, que lo mismo fue una zona de juegos que de comercio, pues durante algún tiempo fungió como una tienda de abarrotes que me permitió comer dulces y chatarras hasta «empacharme». Enseguida se habría una puerta de metal roja que permitía entrar al sitio oficial para disfrutar las telenovelas mexicanas de la década de los noventa y donde también se recibían a las pocas visitas que se aventuraban a llegar a la colonia La Providencia, la sala. Los convidados eran pocos, en casa ya éramos muchos cómo para extender invitaciones a diestra y siniestra. De vez en cuando algún vecino o uno que otro amigo maleante de los muchos que mi hermano mayor había hecho en ese barrio de mala muerte -donde la banqueta ya era lo suficientemente peligrosa para ser atracado por algún cliente de la casa de prostitutas que se encontraba frente a la nuestra- entraba a saludar y se sentaba un rato en los sillones de terciopelo café que acompañaron a la familia durante más de veinte años.
Más adelante, un pasillo estrecho y medio oscuro comunicaba al sitio donde mi madre pasaba la mayor parte del día, la cocina, una zona pequeña iluminada sólo por la luz de una ventana cuadrada no muy grande, con ollas colgadas y grasa pegada en las paredes que casi siempre olía a leche hirviendo. Particularmente tenía prohibido entrar a jugar ahí, porque las amenazas de una muerte inevitable con el fuego de la estufa me rozaban con mucha fuerza la cabeza y los oídos.
En seguida se encontraba un patio pequeño y rectangular donde vivían eternamente apiladas las cajas plásticas donde mi papá recogía el aguacate para llevar a vender a los mercados de los poblados que se encontraban entre Los Reyes y Tancítaro. Había allí una escalera roja de metal adornada con macetas florales -bonito hábito de mi madre que a la fecha caracteriza los lugares donde reside algún tiempo- que fue causante de muchas lesiones gracias a que no le mostramos el respeto suficiente a lo pronunciado de su inclinación- y que también escuchó llantos interminables cuando algún mayor me regañaba. Era una conexión entre el mundo de las «niñas» y los «niños», pues en la planta superior, en un tejaban improvisado dormían los dos hijos varones, exiliados con todas sus «formas de hombres» que debían mantener una distancia necesaria de las cinco hermanas pequeñas.
Nosotras dormíamos en los dos últimos cuartos, contiguos al patio, la escalera y los dos baños -y por supuesto a la recámara de mis padres-, eran amplios y muy frescos, llenos de una simplicidad que a veces extraño. Dos camas matrimoniales se volvían gigantes para albergar a ese puñado de hermanas que se se iban cuidando unas a otras. Esa casa me recibió con apenas algunas horas de vida y me vio partir cuando los seis años de edad me parecían suficientes para decidir -y que desde entonces así es- que nada me hacía más feliz como la idea de tener mi propio «espacio».
En 1906 y 1907 muchos hombres salieron del valle zamorano para emplearse como peones en las haciendas al sur del país, convirtiéndose en «enganchados». Este sistema laboral funcionaba dando un enganche, en decir, un pago adelantado con el cual comprometían a los trabajadores a prestar sus servicios en los campos de Oaxaca, Campeche y Veracruz, por nombrar sólo algunos. El mapa que arriba se muestra, tiene marcados los lugares desde los cuales, muchos peones se trasladaron a Zamora para engancharse, firmando un contrato con el agente Arturo P. Guzmán, contratista de la Plantación Dos Ríos de la Mexican Gulf Agricultural Co., del Estado de Veracruz a donde serían traslados para comenzar el calvario que ya J. K. Turner ha revelado en su investigación México Bárbaro.